jorge-carlos-trainini-463Jorge Carlos Trainini.
Médico cirujano, jefe del servicio de Cardiocirugía del hospital “Presidente Perón” de Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, Argentina.
Ensayos publicados: “La circulación de la sangre” (Médica Aventis, 2003), “El pensamiento crucificado” (Magíster Eos, 2004), “Ocaso de la Utopía” (2008), “Pedro Cossio, el Nobel que no fue” (2007), entre otros.

El hombre en su evolución, entendido este concepto simplemente como adaptación, y no como una superación en la condición moral que lo contiene, adquirió ciertas características basadas en su capacidad mayor de razonamiento, que le implicaron un estado de angustia y un devenir comprometido, más allá de su estructura biológica. El desarrollo de la conciencia, con todas las facultades que acarreó este hecho, le ha permitido divorciar la posibilidad de reflexión de las condiciones indispensables de su cuerpo. Este estado y nivel de inteligencia, si bien le autorizó una cierta comprensión en lo que habita y le circunda, también ha demostrado que la actividad cognoscitiva no ha dejado de estar supeditada a la capacidad de la materia que lo conforma. El desarrollo abstracto del pensamiento es un producto genuino de su cuerpo. De esta forma, si bien la conciencia se considera su perfil más refinado, también atesora una visión de la naturaleza y de su ubicación en ella, de tinte dramático, entendido esto como un concepto real, basado en la propia revisión de la historia. Esta sola circunstancia basta para hundir al ser humano en la tragedia. En este ámbito, no sólo es dable observar que su devenir tiene la fatalidad del resto de la naturaleza, sino que además, su individualidad se halla irremediablemente perdida ante el solo transcurrir del tiempo, cualquiera sea su esfuerzo o la magia desesperada que le imponga a sus creencias. Por lo tanto, el fantástico azar de poseer esta individualidad, no justifica para la naturaleza conservarla, ya que el destino inevitable que implica la existencia conlleva el drama de su conocimiento por parte de quien fue beneficiado con ella. El suceso de la muerte no sería cruel y fatal, lo que le da esas características es el desánimo de saberlo antes de que acontezca, o tener la seguridad de que no se tiene otra alternativa posible. Saber de la muerte sin saber cuándo implica una patente de perversidad por lo irremediable, ante el supremo esfuerzo que el hombre realiza para prolongarla hasta la extenuación.

Adquirida la conciencia, al hombre le quedó la alternativa de treparse al conocimiento para diferenciarse rápidamente de sus orígenes comunes con lo natural y poder acercarse a la deidad. Entre este sueño fantástico y la realidad del mundo que lo alberga, no dudó en abrazar a lo irreal. El fanatismo por esta posición lo hizo creyente de los mitos con que justificar su posición. Era fácil discernir para el desarrollo de esta utopía que éramos los enviados de los dioses, el vínculo de lo inexplicable a la tierra que habitamos. De esta forma la propia conciencia del hombre no tardó en considerar excretable al cuerpo, estructura, esta última, compartida con el resto de la naturaleza. Esta circunstancia nace de la necesidad de eliminar el nexo con el resto que la circunda, con la materia que habita y engendra su misma herencia e idéntica fortuna. La conciencia no hace a la vida, la padece.

A mitad de camino entre el pretendido cielo y la conocida tierra, el conocimiento sólo le sirvió como avance técnico. No fue solución para preservar la individualidad, ni cambiar su destino, ni tampoco para ser aliado de un orden pretendidamente superior. Éste siempre lo dejó a la misma distancia de la eternidad, cada vez más perdido y abandonado como reza el Eclesiastés: “Quien acumula ciencia, acumula dolor” (Eclesiastés 1:18).

La tragedia de entender lo que acontece sin hallar los mecanismos para dilucidar su verdadero rol, debía desaguar inevitablemente en un delirio. Esta situación de desvarío, le ha permitido soportar su infausta ubicación, lo cual si bien no deja de ser un dictado para su supervivencia, es atendible dado su estado de indefensión. Además, lo ha proyectado a barrer con el equilibrio, aquel que le permitió surgir de las demás formas vivientes y que irremediablemente lo llevará a la catástrofe final.

El ser humano no tiene límites. No los posee ni en el uso de la técnica ni en la conquista que ejerce sobre sus semejantes. De esta forma, la misión de la civilización puede producir estragos por la megalomanía que impone el progreso infinito.

El hombre se halla entre el ser (el cuerpo) y el saber (la conciencia). Esta última representa su impronta, y en ella desde el principio de los tiempos, busca obsesivamente su propia explicación. El sentido de su estadía. La  forja del hombre es representativa del delirio que le acontece. Si fuese lógico ante el conocimiento, la postura que le cabría sería la indiferencia. No hay nada en el porvenir que justifique la angustia existencial que padece y la búsqueda denodada de lo que llamamos progreso. Las motivaciones por las pretendidas eternidad y deidad han sido su embriaguez, circunstancias que le permitieron desviar su verdadera naturaleza. En los momentos de reposo, el miedo instintivo a la soledad, el terror al fracaso final, lo ha transportado a las creencias sobrenaturales. Lo místico lo facultó a sobrellevar su situación de hombre, pero siempre a mitad de camino entre el cielo y la tierra. Lo inexplicable lo ha solventado con la expiación de sentirse pecador. Desde la nada, desde su nacimiento, el hombre fue considerado culpable. De esta forma, paradójicamente, este veredicto lo libera de la circunstancia de no aparecer limpio desde el primer instante.

Atrapado en este delirio entre el ser y el saber, entre la forma y el alma, el hombre extravió la ubicación de su verdadera naturaleza; el equilibrio entre la necesidad estricta de la materia y la limitación de su conciencia. La existencia no deja de representar una fatalidad para la conciencia y una exigencia para el cuerpo. El hombre sobrelleva esta última disyuntiva aturdiéndose. Ocupando el tiempo, sin adquirir la realidad del tránsito de éste, el trabajo le ofrece el antídoto indispensable para su engaño necesario, el de saberse prometido para las instancias posteriores de la vida. Derivado de esta situación, necesitó adquirir conceptos sobre el pasado y el devenir que le justificaran su presente. El hombre pasa olvidado de su casualidad. Transforma el pasado en un postulado y el futuro en un fundamento. Ignora la decadencia que le enseña la historia y la fantasía del progreso. Al presente lo habita postergando su análisis hacia el mañana, cuando ya se transformó en ayer. Otro atisbo de su delirio fue hacer caso omiso de la memoria colectiva. Aquella que le indica la irreversibilidad en la transformación permanente a que son sometidos los individuos, las palabras, los imperios y la materia. El trabajo es el tiempo presente del ser humano. Lo aleja del tedio y de la sospecha de la conciencia lúcida. La faena, como el sueño, lo acercan a la ilusión de empezar nuevamente cada mañana, ignorando el tiempo y la enseñanza crepuscular que implica el pasado.

El tedio es el desánimo sin dolor, la certeza que se está cerca del absoluto de la nada. Es el resultado de la desesperanza que emana de los estados puros de la conciencia. Para esta etapa Dios ha sido la creación necesaria. En el momento en que la conciencia toma debida información de la temporalidad del ser hace su aparición Dios. No sabemos bien lo que nos sucede. Usamos en forma premeditada a la conciencia para los fines mágicos en que encausamos la existencia, y la desechamos para el esclarecimiento cierto de la angustia que nos produce pensar y existir en el hastío, en la sensación de ser solos. Únicamente los vagabundos y los monjes pueden soportar el tiempo y su producto, el vacío, sin inmutarse. Los primeros por hacer uso de la indiferencia, de una actitud contemplativa sin conmoción y sin responsabilidades, como desocupados del mundo; y los segundos por ocuparlo con un delirio místico que los retrotrae a una culpabilidad extrema que los hace desdeñar de toda vocación que vaya más allá de las necesidades mínimas. Los vagabundos y los monjes son diametralmente opuestos en la acepción de la conciencia. Los vagabundos la aceptan como el orden superior; los monjes la subvierten a un orden superior. Pero ambos están enajenados en su posición y en el tiempo presente. La diferencia es que los vagabundos no esperan nada, no solicitan porvenir. Los monjes, en cambio, se gravan de culpas para edificar la esperanza en lo eterno.


Fuente: Dr. Jorge Trainini
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