Los tres primeros años vida para Jodie Miller fueron normales, Pero a las tres años y medio su  comenzó a experimentar una serie de ataques epilépticos múltiples, tan devastadores que ponían en riesgo su vida. Se trataba del síndrome de Rassmussen: un desorden degenerativo del  que interrumpe los patrones normales de activación neuronal eléctrica, provocando “disparos” o “explosiones” descontroladas de ésta. Las crisis de este síndrome no ofrecen respuesta a los tratamientos habituales para la epilepsia, repitiéndose de forma diaria y con frecuencia varias veces al día. Aparece debilidad progresiva de un lado del cuerpo que lleva en meses o años a la parálisis del brazo y pierna de ese lado.
En el caso de Jodie, cuando los ataques se hicieron casi constantes y perdió el control de todo su lado izquierdo solo quedaba la opción del tratamiento más drástico: una cirugía radical llamada hemisferectomia. Jodie iba a prescindir de todo el hemisferio derecho y la cavidad resultante se llenaría de líquido cefalorraquídeo, además la operación debía realizarse con gran precisión para evitar dañar partes del cerebro que controlan las funciones vitales tales como el latido cardíaco y la respiración.Afortunadamente, la operación fue exitosa para Jodie: unos diez días después ya movía su pierna izquierda para caminar.

La idea de quitarle la mitad del cerebro a una persona puede parecernos a primera vista algo impensable. Y, más aún, que la porción de cerebro restante siga funcionando con normalidad. Sin embargo, la actividad cerebral con un solo hemisferio se apoya en una característica singular del cerebro denominada plasticidad neuronal: nuestro hemisferio izquierdo puede cambiar la forma y crear conexiones nuevas entre las neuronas para reemplazar las perdidas o dañadas en el sector derecho del cerebro, y viceversa.

De hecho, el cerebro de Jodie comenzó a reconectarse casi inmediatamente, desarrollándose después con normalidad. Sin embargo, para que esta evolución fuese posible, Jodie necesitó que profesionales especializados  estimularan su psicomotricidad y su capacidad de establecer nuevas conexiones neuronales con un programa de  especialmente diseñado para ella.
La importancia clave del restablecimiento de conexiones neuronales correctas tras una lesión cerebral o un accidente cerebro vascular, se comprende mejor si tenemos en cuenta que, si bien las neuronas son células cerebrales que se multiplican a una velocidad de 250.000 por minuto, no es la cantidad de neuronas lo que hace que el cerebro funcione eficazmente, sino el hecho de que se comunican unas con otras para formar redes que permiten el paso de mensajes electroquímicos entre ellas. Cada neurona minúscula puede hacer hasta 10.000 conexiones, 100 millones de neuronas harán por tanto billones de conexiones Hoy comenzamos a entender que tanto los tipos de conexiones, mediadas por neurotransmisores, como las redes neuronales así creadas, son específicas para distintos procesos cognitivos, y además cambian y se refuerzan con la experiencia. Desde bebés, el movimiento y el juego dan forma al cerebro, de manera que cada experiencia refuerza conexiones concretas: éstas son las que se guardarán toda la vida creando las percepciones que provienen de nuestros sentidos, nuestra capacidad de imaginar y de aprender.
Sin embargo, los científicos no siempre han dispuesto de este conocimiento sobre la plasticidad del cerebro. Durante siglos, se consideró el cerebro como algo inmutable, comparándolo con una máquina compuesta de partes o secciones especializadas,  cada una de las cuales realizaría una función mental. Esto conllevó la idea de que el tratamiento para numerosos daños cerebrales era imposible o injustificado; ideas que han podido ser refutadas gracias a investigaciones y descubrimientos que llevaron a cabo científicos pioneros, tales como: