A veces, las ideas más revolucionarias nacen de los caminos más humildes. Henri Nestlé, nacido en Alemania en 1814 en una familia numerosa y con escasos recursos, nunca tuvo acceso a la universidad. Sin embargo, su curiosidad y empeño lo llevaron a convertirse en aprendiz de farmacia, aprendiendo a base de observar, experimentar y, sobre todo, equivocarse.
A los 25 años decidió empezar de cero en Suiza. Allí, ante la alarmante tasa de mortalidad infantil por desnutrición y la imposibilidad de muchas madres de amamantar, Henri tuvo una visión: crear una fórmula nutritiva que pudiera salvar vidas. Durante años experimentó sin descanso; algunas fórmulas fracasaban y otras incluso hacían daño. La sociedad dudaba de él, pero Henri nunca se rindió. Su persistencia y método científico dieron frutos cuando descubrió que cocer la harina hacía que los bebés pudieran digerirla correctamente, combinándola con leche y azúcar.
En 1867 presentó la Farine Lactée, la primera leche maternizada del mundo. Lo que comenzó como un experimento humilde pronto se convirtió en una innovación que salvó millones de vidas. Henri no buscó fama ni fortuna: compartió su fórmula, vendió su empresa con la condición que se mantuviera su nombre, logo y valores. Vivió modestamente, pero su impacto perdura más de 150 años después.
Hoy, Nestlé es un imperio global de la industria alimentaria, con más de 2.000 marcas registradas, presencia en 186 países y productos que llegan a miles de millones de hogares. Henri también dejó un legado ético: nunca patentó su fórmula original, convencido de que lo que podía salvar vidas debía ser accesible para todos.
Su historia nos recuerda que la innovación no siempre surge de la riqueza, sino de la pasión por resolver problemas reales, la observación, el aprendizaje a través de los errores y la resiliencia frente a los fracasos.
En Sastre y Asociados creemos que, a través de la innovación, mejoramos vidas y no hay mejor ejemplo de ello que esta historia real.
Fuente: Sastre y Asociados

