Primera reacción: resentimiento, deseo de venganza, lucha por reestablecer mi nombre,… Puedo recibir mal la injusticia o puedo recibirla con paz

La envidia y la rivalidad rompen el amor, matan la vida. El apóstol Santiago escribe:

«Donde hay envidia y rivalidad, hay turbulencias y todo tipo de malas acciones. Ambicionáis y no tenéis; asesináis y envidiáis y no podéis conseguir nada, lucháis y os hacéis la guerra, y no obtenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones».

Ambiciono lo que no poseo. Y aun sin desearlo, mis acciones, mi propia vida, pueden despertar envidias y rivalidades en otros. Sin quererlo veo que despierto el mal en quien me mira.

El justo no busca la envidia, porque él no desea lo que no posee. Pero su rectitud confunde e indigna. Se opone sin decir nada al mal como actitud del alma.

Mostrarse vulnerable disminuye la rivalidad

El corazón entonces ve cómo brota una envidia que antes no sentía. ¿Qué puedo hacer para que la envidia no me domine? No es tan sencillo.

Deseo lo que no poseo y dejo de amar a quien parece hacerlo todo bien y tenerlo todo claro.

Quizás debería mostrar mis dudas, reflejar mis miedos, hacer ver mi vulnerabilidad.

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Un padre perfecto, intachable, aleja al hijo. Porque este se siente impotente, no podrá estar nunca a su altura y nunca podrá responder a sus expectativas.

Mi perfección no es modelo para nadie. Mi debilidad asumida y reconocida sí despierta el amor y la compasión en quien me conoce.

Cuando inevitablemente se despierta lo peor

Y aun así, mi deseo de ser santo puede despertar la envidia. No soy responsable de lo que despierto. Pero tengo que aceptarlo.

Jesús pasó haciendo el bien y su amor despertó envidia y recelo en los que lo conocieron. Y ese amor tan grande no pudo ser acogido. Envidiaron lo que Él tenía y acabaron matando al justo.

¿Qué despierta envidia en mi corazón? Envidio al que tiene mejor suerte, al que posee lo que yo deseo, al que todo le resulta sin mucho esfuerzo. Envidio los dones que yo no tengo.

Y el justo me incomoda porque se comporta de una manera que para mí es inalcanzable. Me siento tan pequeño a su lado que deseo que le vaya mal o que desaparezca de mi vida.

Mejor que se vaya aquel a quien envidio. Que no lo vea, así no sentiré nada negativo. La envidia mata el amor y el corazón se envenena.

El remedio contra la envidia

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No quiero vivir envidiando ni deseando aquello que no he recibido y nunca recibiré. La aceptación de mi vida como es, en su belleza y pobreza, es el mejor remedio para no tener envidia.

Y aun en medio de mi paz interior, aun sintiendo que no merezco el daño que recibo, porque es injusto, puedo recibir mal la injusticia o puedo recibirla con paz. Decía el padre José Kentenich:

«Si la injusticia que se comete contra él es un hecho innegable, el santo de la vida diaria aparta su atención de ello o procura despertar en su interior sentimientos de gratitud, porque se le hace el honor de poder participar en el oprobio del Señor, o bien se acuerda de las cualidades positivas del “enemigo”. Y, en el trato externo, es siempre bondadoso y solícito».

King, Herbert. King Nº 2 El Poder del Amor

Aceptar con paz el rechazo

Responder así a las injusticias me parece un milagro. Ser capaz de aceptar con paz el rechazo, la crítica, el odio, cuando es injusto porque no lo me lo merezco, me resulta casi imposible.

En esos momentos me siento débil. Me cuesta ver la bondad del que actuó mal conmigo. Me cuesta comprender su odio o su envidia.

No pienso en lo positivo que mi enemigo posee. No veo su bondad, ni su belleza. Me siento débil.

Y al mismo tiempo me gustaría llegar a esa santidad del justo que vive con paz las difamaciones e injurias.

Acepta condenas injustas. Ve con alegría que su nombre y su fama caen por los suelos. No es fácil reaccionar así ante lo que considero injusto.

Mantener la alegría en la injusticia

Mi primera reacción es el resentimiento, el deseo de venganza y la lucha por reestablecer mi nombre y mi orgullo.

Es mi deseo de vencer e imponer lo que yo creo que es mi verdad. No acepto esos comentarios negativos que me hacen daño.

El santo permanece en paz y alegre en medio de la tribulación injusta. No sé si podré vivir yo así.

Quiero que el mundo conozca mi verdad y no me quedo tranquilo. Quiero que se dignifique mi vida. Que todos sepan la falsedad de las acusaciones vertidas. Que nadie sospeche de mí.

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El justo, el santo, camina como Jesús caminó hacia el Calvario. Con dolor, porque el odio siempre duele. Pero con el perdón en el corazón y en los labios. No saben lo que dicen, lo que hacen.

Y mi fama no es lo más importante. No es lo que justifica mi vida. Lo importante no es el juicio de los hombres, sino el de Dios.

Si yo tengo la conciencia tranquila, si he actuado correctamente y no es verdad todo lo que dicen de mí, mantendré la calma y la paz.

Sólo Dios conoce mi corazón en toda su verdad. Lo que ven los hombres es sólo una parte de mi vida, la fachada de mi corazón. No han penetrado en mi alma.

Permanezco en paz. Aunque sea injusto lo que sufra. Lo acepto en mi corazón y se lo entrego a Dios.

Fuente: Carlos Padilla Esteban
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