Sí, la ambición puede ser una fortaleza, pero a condición de que se use para el bien.

La ambición es un punto fuerte. ¿No me crees? Lo diré de otra manera: “Es necesario que nuestra ambición nos sirva para aumentar no nuestro tener, sino nuestro ser”. No es fácil de entender, es cierto. Espera un poco y verás que lo comprendes.

La ambición no es mala en sí

El tener es todo lo que poseemos: ropa, juguetes, libros, música, material deportivo, dinero… Pero también es lo que hace que tengamos un cierto lugar en la sociedad: nuestro nombre, nuestros éxitos pasados, nuestros diplomas académicos o deportivos, nuestra imagen, en definitiva.

El ser es aquello que hay más allá: nuestra inteligencia, nuestra cultura, los afectos (los que hay hacia nosotros y los que tenemos por los demás), nuestro impulso hacia lo verdadero, lo hermoso, lo bueno, nuestros esfuerzos sobre nosotros mismos para ser mejores, nuestro amor por el Señor que espera algo de nosotros…

Aparentemente, ¿estamos lejos de la caracterología? Pero estamos cerca de ella, porque nuestra ambición natural, esa forma innata de ser que pertenece a nuestro carácter, puede dirigirse hacia el tener (podemos ganar mucho dinero, podemos convertirnos en campeones del mundo) o dirigirse hacia el ser (queremos vencer la envidia que sentimos hacia un amigo).

Y los dos aspectos a menudo están mezclados: queremos aumentar nuestro tener para desarrollar nuestro ser. Por ejemplo: queremos aprender un idioma extranjero exótico (eso aumentará nuestro tener con un diploma muy raro) para poder trabajar casi gratuitamente con personas que hablen esa lengua (nuestro ser se extenderá en el don generoso de nosotros mismos).

Así que la ambición no es mala en sí. Se vuelve mala cuando se reduce a la codicia (en su carácter primario) que quiere acumular cada vez más bienes, o a la avaricia (en su carácter secundario) que no quiere dar ni compartir nada.

Marie-Madeleine Martinie

Fuente:Edifa
Aleteia.org | Español – valores con alma para vivir feliz